Alejadra Pizarnik: La infancia como construcción de alteridad en Árbol de Diana
Abdalá Andrés García M.
Imagen tomada de internet
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas que
cantan a través de mi voz que escucho a lo
lejos. Y lejos,
en la negra arena, yace una niña
densa de música ancestral
Alejandra Pizarnik
En
1934 desde lejanas tierras europeas hasta la ciudad de Buenos Aires, una
familia de inmigrantes rusos de ascendencia judía, los Pozharnik, dejan atrás
su lengua, sus tierras, sus costumbres y hasta su apellido, ya que por una serie
de problemas de expresión oral y escrita deberán resignarse a ser conocidos
como los Pizarnik y ubicarse en el barrio bonaerense de Avellaneda. Dos años
más tarde de que su familia arribara a la Argentina, nace Flora Alejandra
Pizarnik, que a la postre se convertirá en una de las grandes voces de la
poesía latinoamericana.
De
esta forma, para la literatura latinoamericana es un honor contar entre sus
máximos representantes con el gran aporte de la poeta argentina Alejandra
Pizarnik (1936-1972), quien en su transgresora producción poética, presenta
delicada y sutilmente unos elementos que serán recurrentes en su obra: la enamorada
de su muerte, la amante del sufrimiento y el dolor, la compañera indeleble de
la angustia y la mujer que a través de sus múltiples voces hizo de la poesía
una expresión máxima de libertad. Sin lugar a dudas, la creación poética de
esta grandísima escritora es un universo singular y profundo, en el que el
tratamiento de la palabra constituye esencialmente la poesía pizarnikiana. Al
respecto la escritora Diedre Becerra Gamboa en su texto Alejandra Pizarnik: de la voz
ajena al silencio poético (2014)
habla del sentido en la palabra en la obra de la poeta argentina: “La
búsqueda de la trascendencia a través de un lenguaje total lleva el firme deseo
de convertir la vida en un acto poético” (p.9).
Aunque
como he mencionado la palabra constituye uno de los grandes problemas y
obsesiones fundamentales en la poesía de Pizarnik, ya que a través de la
palabra se crea una relación trascendental e inseparable entre la vida y la
poesía, el amor por esta última se
transforma de a poco en su fuente de vida; no es menester en este documento
rastrear el sentido y tratamiento de la palabra, si bien está presente
visiblemente como un punto de partida. La propuesta del presente ensayo
consiste en mostrar cómo la infancia, de esta misteriosa poeta, constituye un
elemento de construcción de alteridad,
en algunos poemas de su poemario Árbol de
Diana (1962); no obstante cabe señalar que esta figura de alteridad, esas voces
de su niñez aparecen confundiéndose con otras múltiples voces que cantan de
manera recurrente en la obra poética de Alejandra Pizarnik. A lo cual, la misma
poeta en el poemario El infierno musical (1971)
en el poema “Piedra fundamental” inicia
con este verso: “No puedo hablar con mi voz sino con mis voces” (p. 218), voces
que se revelan en su propia voz, a veces ajena, donde la brevedad, la palabra
justa y la concisión logran la esencialidad de su quehacer poético.
En este sentido, en su obra Poesía
completa (1955-1972) aparece uno de sus más célebres poemarios Árbol de Diana, en el que se encuentran
los poemas que serán objeto de análisis
en mi propuesta. Este magnífico poemario inicia con el majestuoso prólogo
escrito por el poeta mexicano Octavio Paz (1998), quien presenta una antesala
poética de lo que representa el título del poemario de Pizarnik y, esboza
sutilmente el profundo quehacer poético en los poemas presentes en esta
creación poética, del cual expone: “(…) colocado
frente al sol, el árbol de Diana refleja sus rayos y los reúne en un foco
central llamado poema, que produce un calor luminoso capaz de quemar, fundir y
hasta volatilizar a los incrédulos” (p.80).
Asimismo, a todos esos matices poéticos que están presentes en
Árbol de Diana, se suma otro elemento
transversal en el arte poético de Alejandra Pizarnik: la alteridad. Dicho lo anterior, surge la necesidad de considerar
desde qué perspectiva la infancia se transforma en una construcción de
alteridad. Por tal razón, creo pertinente definir esa mirada de alteridad que pretendo
mostrar en mi trabajo. Para ello me apoyaré en el documento escrito por la
profesora chilena Gilda Waldman, El
rostro la frontera que aparece en el libro de ensayos Los rostros del otro: reconocimiento, invención y borramiento de la
alteridad (2009), de
Emma León, en donde plantea:
La
frontera demarca, circunscribe, divide y delimita: ella incluye y excluye,
identifica lo que está dentro y lo que se encuentra fuera, separa al Nosotros de lo ajeno y se extiende al
peligroso terreno de la “no pertenencia”. La frontera, como escenario de
reglamentación y de orden, marca el fin de una zona segura y el principio de
otra, quizá incierta (p.9).
A partir de este principio de frontera, la
figura de alteridad se hace presente en la poesía pizarnikiana desde la voz de
aquella niña que asoma y parece separar aquel nosotros, aquello que parece no
pertenecer a ese yo, que lo hace
ajeno, que está circunscrito en aquel límite de la evocación de su niñez, y de
su presente, que parece trastocarse, con aquel espacio seguro pero a la vez
incierto del ser niño; que parece estar fuera por momentos. Así se refleja en
su poema “3”: “cuídate de mí amor mío/ cuídate
de la silenciosa en el desierto/ de la viajera con el vaso vacío/ y de la
sombra de su sombra” (Pizarnik, 2014, p.105).
Se
hace presente aquí un “yo” niña que irrumpe cruzando la frontera, en un primer
momento ajena, cubierta quizá por un peligro de no pertenecer, seguidamente
silenciosa y desolada, y después no es más que una niña errante cuya esencia parece
haber perdido, es incierta, y es también una sombra, una sombra de aquella
niña, que en palabras del mismísimo Carlos Fuentes tomadas por Gilda Waldman
dice: “puede ser una herida, una cicatriz, que puede no cicatrizar jamás” (p.
9). Palabras que pudieran parecerse más desde la frontera de aquella niña
pizarnikiana, desde la voz de ese “yo” infantil a esa sombra que puede no
abandonarla jamás; se observa ahora una marcada polisemia
de significados, lo que permite la posibilidad de varias lecturas, de decidir
entre un significado y otro. Pizarnik desde aquella otredad trastoca e invierte
todos los rasgos en su poesía, las metáforas antiguas desaparecen y se
reemplazan por aseveraciones directas de un mundo incomprensible, estas voces u
otredades presentes son el reflejo de la fragmentación psíquica del “yo”.
Situación que
sigue latente, aquel “yo” sigue manifiesto en otros de sus versos, esta vez en
su poema “11”: “ahora/ en esta hora
inocente/ yo y la que fui nos sentamos/
en el umbral de mi mirada” (Pizarnik, 2014, p.113).
Así las cosas, aquí se puede ver cómo la poesía Pizarnikiana
construye mundos inexplicables del ser y la otredad, queda diluida en los
juegos de palabras; a lo anterior la escritora Patricia Venti en su ensayo Las diversiones púbicas de Alejandra
Pizarnik toma las palabras de Stutman para decir: “El querer descifrar esas
palabras en su nueva forma es también parte del juego de otredad y es pues el
motor de creación de sus versos” (p. 4). Es, pues, así, como parece convertirse
ese otro “yo” en ocultamiento, por lo que desde la otredad se permite decir
cosas duras, usando estas voces como desvíos estéticos alcanzando una distancia
con aquello que está diciendo, manejando una aparente arbitrariedad donde las
palabras tienen su propia manera de hacer las cosas y en ellas habita ese otro “yo”
niña. En este
sentido, en el poema “14”, el tema de
la alteridad se vislumbra como una
medida de intento de liberación, en donde un elemento externo sirve para
mostrar esas trasmutaciones de una realidad:
El poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe (Pizarnik, 2014, p.116).
Quisiera
en este punto decir que en estos versos es donde se encuentra la razón más
fuerte y sencilla para no desmentir aquella gran poeta con perspectiva de la
infancia como construcción de alteridad en la poesía Pizarnikiana; así pues,
este matiz, se presenta en las declaraciones de sus coetáneos, de sus amigos
más íntimos que son los que todavía hoy reconocen en Pizarnik ese empeño que
tuvo de vivir en la literatura, sobrevivir desde la poesía, dejarse mediatizar
por su propia obra y suplantar a la persona por la autora, por el personaje que
ella misma poetizaba y quería hacerse, llevada de su gusto. Al respecto veamos
lo que dice la escritora Tina Suárez Rojas en su texto Alejandra Pizarnik: la escritura o la vida:
Buma en la
infancia familiar; Blímele en la escuela judía; Flora en la juventud argentina;
Sasha en las fantasías rusas; Alejandra en su escritura, Alejandra en sus
transgresiones, Alejandra en sus voces. Alejandra Pizarnik risueña,
contradictoria, deliciosa, terrorífica, humana, extravagante, vulnerable, fatal
(p.1).
Tina
Suárez Rojas en su texto muestra, entonces, cómo desde esas distintas mujeres y
facetas de esta poeta emerge otra posible construcción de otredad, he aquí
entonces a uno de esos entrañables seres que se jugaron y que se juegan la vida
con los peligros del poema, desde los lúcidos atajos del insomnio, para
quedarse o salir huyendo, para ponerse en riesgo y tomar posesión de las palabras
que hagan posibles aquellas voces que faltan fuera del papel, de los versos, de
los espacios en blanco, de los puntos y las comas. Para ponerse en riesgo, sí,
porque no debe de haber otro lugar mejor donde dejarse descubrir.
Ahora
bien, como ya lo he mencionado, el tema de la alteridad se vislumbra como una
medida de intento liberación, Pizarnik se moverá en una tensión entre los
dualismos: palabra y silencio; salvación y fracaso a través de la palabra;
creación y destrucción; deseo de muerte y miedo a la muerte; vida en la
escritura y muerte en ella, yo/otra (as). Conformando así una poética definida
por la dualidad de un silencio que es palabra y de una presencia infantil
“niña” que es ausencia, lo cual se ve en su poema “13”
en donde parece estar ese otro “yo” ausente: “en la
noche/ un espejo para la pequeña muerta/ un
espejo de cenizas”(Pizarnik, 2014, p. 115).
De
esta forma, son precisamente esas voces que forman parte de su
propia voz, las que recorren su
escritura y se desplazan unas a otras, tal como se puede observar en los
siguientes versos: “No puedo hablar
con mi voz sino con mis voces” (p.218); “Cae la música en la
música como mi voz en mis voces” (p.230); “Y yo sola con mis voces, y tú tanto estás del otro lado que te confundo
conmigo” (p. 289). Un yo poético fragmentado habita sus textos y alude a
sus obsesiones: el lenguaje, el silencio, la muerte, la infancia, lugar para
siempre perdido al que se desea volver; o que se metamorfosea a su vez en niña
extraviada o reina loca, y que se cubre con máscaras de loba, ángel o pájaro.
Por
último, la creación poética en Pizarnik se puede pensar como la elaboración de
un nuevo cuerpo, siempre recordando la idea de la poeta, de hacer el poema con
su propio cuerpo. La forma en que se manifiesta esta creación es como un cuerpo
desorganizado, un cuerpo desestratificado. En el que el dolor y el placer de la
autora, experimentados en el cuerpo poético, se transforman en un sufrimiento o
en un bienestar colectivo, pues su voz no es única, sino que se trata de una
multiplicidad de voces, de flujos, de intensidades que atraviesan el poema. En
este sentido, hay una resistencia a la muerte, a través de la poesía. Pizarnik
escribió toda su vida para no morir, por ello, cuando en sus últimos años, esto
le fue prohibido, ya no hubo cuerpo, no hubo refugio, no hubo un arma con la
cual defenderse de la realidad, jardines y bosques; incendios y sombras; juegos
y trampas; futuros desastrosos y nostalgias inciertas; transparencias y desgarros;
voces, vientos, muros, paredes, animales, lilas, cenizas, espejos deformes, ausencias
corpóreas, conforman la cosmovisión, el idiolecto poético de la autora, todo un
código de realidades cuyo sentido está en su propia forma.
Finalmente, también abundan en estos poemas
seleccionados las visiones de sí misma y de “la otra” niña, recreando y
reencarnando, casi siempre a la luz de la noche, a la sonámbula, la hermosa
autómata, la pequeña muerta, la princesa, la leprosa, la amazona, no hay cabida
en los poemas para referencias a una realidad de características anecdóticas,
sino de expresiva subjetividad; redescubramos entonces a la extraordinaria
poeta, eso sí, sin apiadarnos de ella; resultaría absurdo apiadarse de alguien
que supo perfectamente jugar al ajedrez contra el infinito.
REFERENCIAS
Aronne-Amestoy, L. (1983). La palabra en Pizarnik o el miedo de Narciso. Inti, 229-244. Recuperado de: http://www.jstor.org/stable/23285304
Becerra Gamboa, D. (2014). Alejandra Pizarnik de la voz ajena al silencio poético.
León, E. (2009). Los rostros del otro: reconocimiento, invención y borramiento de la
alteridad.
Pizarnik, A. (2003). Diarios, ed. Ana Becciu, Barcelona, Lumen.
Pizarnik, A. (2014). Poesía completa. Lumen.
Suárez Rojas, T. (1997). Alejandra Pizarnik: ¿la escritura o la vida?.
Tembrás Campos, D. (2006). La niña en fuga: análisis de la presencia femenina en la obra
poética de Alejandra Pizarnik. Alpha (Osorno), (22), 89-108.
Venti, P. (2003). Las diversiones púbicas de Alejandra Pizarnik. Revista
de Estudios Literarios. Universidad Complutense de Madrid. Recuperado de: http://www.ucm.
es/info/especulo23/numero/pizarnik.

