El silencio en Lorenzo como metáfora de dictadura en la “Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos”
Abdalá Andrés García M.
Imagen tomada de internet
Para empezar con este análisis
interpretativo del cuento “Cuarta
derrota: 1942 o Los girasoles ciegos” (2006), del escritor español
Alberto Méndez (1941-2004), se considera pertinente mencionar un hecho
histórico profundamente significativo en la península ibérica: el franquismo. Este fue el periodo dictatorial
implantado por el general Francisco Franco. El franquismo no solo tuvo
repercusiones en el diario vivir de los españoles, sino también en el mundo de
la literatura, del arte y por ende, de
los diversos pensadores, artistas, poetas y escritores que estaban inmersos en
la realidad de ese tiempo. Por tal motivo, para el desarrollo de este documento,
es fundamental hacer una relación entre el fenómeno dictatorial, el contexto y
las imposiciones literarias que había en aquel tiempo.
De esta manera, la
razón principal de estas imposiciones fue el deseo de delimitar un conjunto de
escritos de temas bélicos, accesibles a los lectores de literatura que vivían en
España por aquella época. Se trataba de la producción literaria que ha contribuido
a formar la memoria colectiva de la sociedad española: sus pasiones y
razonamientos, sus actitudes hacia el conflicto que desgarró a España y hacia
los protagonistas de la contienda fratricida, tanto del uno como del otro
bando. La literatura reaccionaba ante los acontecimientos del momento y las
experiencias de la historia aún viva, como una especie de sensible instrumento,
ofreciendo al público unas opiniones hechas, unos clichés mentales, todo tipo
de aclaraciones, explicaciones y respuestas a las preguntas o dudas que se
planteaban. Lo hacía con más o menos acierto, con mayor o menor eficacia,
tratando de alimentar las emociones de los lectores por medio de una
ejemplificación argumental expresiva y unos personajes “ejemplares” en lo bueno
y en lo malo de su conducta. La literatura seguía aportando indicaciones de
comportamiento y temas de reflexión, puesto que nunca renunció a su misión
educativa dentro de la sociedad española. De este modo, la creación literaria
se convirtió en un factor constitutivo importante del proceso histórico en
curso, en indicador de conductas colectivas. Así, pues, este material permite
salir fuera del reducido ámbito de los hechos y penetrar en el vasto campo de
las emociones humanas, de las motivaciones de unos determinados
comportamientos, en un momento histórico importante como el de la guerra y
posguerra españolas.
En
este sentido, surge la necesidad de las personas y de los pueblos de expresar
lo vivido, pues esta aparente catarsis encuentra un excelente canal en el arte.
Por ello, los episodios y períodos históricos que conllevan conflictos, en este
caso, de tipo bélico, siempre tienen como consecuencia inmediata, o no tan
inmediata, la aparición de textos, y otras representaciones artísticas sobre el
tema. La Guerra Civil Española no es una excepción de esta regla, una muestra
de ello es el libro Los girasoles ciegos,
de Alberto Méndez. Muchos años habían transcurrido desde el final de la guerra
y, aun así, había quien necesitaba poner en palabras el horror de aquellos días
y demostrar que el duelo español no había terminado. Así las cosas, la
reconstrucción que los españoles hicieron de los traumas, los mitos y los
héroes de la guerra civil después de la muerte del general Francisco Franco no
tuvo la misma profundidad que la que el resto de Europa llevó a cabo al
finalizar la Segunda Guerra Mundial. De este modo, en el plano de la
literatura, novelas como El corazón
helado (2007), de Almudena Grandes y La
noche de los tiempos (2009), de Antonio Muñoz Molina, son solamente una
muestra más del continuo conflicto vivido en el siglo XXI.
En
consecuencia, en este análisis se busca rastrear la figura de silencio como metáfora de dictadura
vista desde el personaje de Lorenzo presente en el cuento “Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos”, lo que se intenta con
esta perspectiva es evidenciar cómo se va construyendo esa metáfora de
dictadura, a partir de un silencio dado en este personaje infantil. Dicha
situación hace necesaria ubicar la definición de silencio, un no decir
aparentemente dictatorial sobre el cual estará fundamentado este trabajo. Para
ello, se tomará como sustento teórico la definición que da el escritor francés David
Le Breton (1953) que en su libro El
silencio, aproximaciones (2009) define el silencio así: “La palabra es el único
antídoto contra las manifestaciones de totalitarismo que pretenden reducir la
sociedad al silencio para imponer una capa de plomo sobre la circulación
colectiva de los significados y neutralizar así cualquier atisbo de pensamiento”
(p.6).
Con lo anterior,
el silencio presente en este cuento y específicamente en Lorenzo es un silencio
dado a partir de lo que él vivió en su niñez, un periodo en el cual todo tipo o
forma de pensamiento distinta a la que pregonaba el franquismo era perseguida y
castigada de forma severa, pues se debían callar a todos aquellos que fueran en
contra del régimen dictatorial impuesto en la España de antaño. Parece,
entonces, configurarse mediante ese silencio una salida al hecho de represión
en el que estaba inmerso este personaje infantil. Lo anterior se puede
evidenciar en el siguiente fragmento del cuento:
Ahora ya puedo hablar de todo aquello, aunque me
cuesta recordar, no porque la memoria se haya diluido, sino por la náusea que
me produce mi niñez. Recuerdo aquellos años como una inmensidad vivida en un
espejo, como algo que tuve la desdicha de sufrir y observar al mismo tiempo. A
este lado del espejo estaba el disimulo, lo fingido. Al otro, lo que realmente
ocurría. Hoy, lo que recuerdo del niño que fui sigue asustándome porque con los
años se impone la convicción de que, si yo no hubiera sido un niño, nada de lo
que ocurrió habría sucedido. (Méndez, 2004, p.69)
De esta manera, en la mención anterior se puede
observar la construcción de un personaje que vive de una forma distinta a la
que quizá ‘normalmente’ vivía un niño en ese tiempo, pues sufría las muchas
restricciones de la dictadura, él tenía que desenvolverse en dos contextos
diferentes: uno fingido y disimulado en el que se construye un silencio
impuesto de aparente aceptación en el que se encontraba en su escuela y el otro
que se contrastaba con lo era su vida real en casa, en el que a pesar tener
cierta libertad y expresar las cosas de forma un tanto natural, también debía
acoplarse a la situación vivida por sus padres. Al respecto, la
escritora argentina Daniela Cecilia Serber en su texto Al otro lado del espejo y lo que Lorenzo encontró allí: sobre la
palabra y el silencio en Los girasoles ciegos menciona en lo siguiente:
En
la obra de Méndez, Lorenzo, el niño de la cuarta historia, ya adulto, tal vez
sea capaz de comenzar este camino porque ha logrado patentizar la ausencia,
hacer suya la existencia del vacío, cuando le pone voz, muchos años después, al
silencio que marcó su niñez, cuando puede nombrarlo y, así, conocerlo y
reconocerlo como verdadero. Esa será su compensación. (Serber, 2011, p.1)
De allí que en el transcurrir de esta cuarta
historia sea Lorenzo, adulto, quien narre los hechos que fueron parte de su
niñez, momento en el que ahora desde su adultez, puede reconstruir su
existencia y la de una sociedad callada, enfrascada en un vacío que se
convierte en una verdad dada por aquel fenómeno dictatorial y una vida en la
que el hecho de ser hijo de un comunista lo llevaban a hacer y entender una
serie de circunstancias que supo sortear sagazmente, a pesar de su corta edad.
Esto se evidencia en la siguiente parte de la historia:
Aunque podría describir palmo a palmo aquella casa,
lo imborrable de aquel piso serán siempre las ventanas que acechaban
eternamente nuestras vidas, eran la parte frágil de nuestro reposo familiar. Si
estaban abiertas, sólo podía hablar en voz alta con mi madre; si era de noche
tenía que esperar a que mi padre abandonara las habitaciones para encender la
luz. Todo este juego de silencios y oscuridades estaba transido por un tercer
elemento que cristalizaba cualquier situación en la que se produjera: el ruido
del ascensor. (Méndez, 2004, p.72)
Así, las cosas, en el transcurso del último cuento
se pueden vislumbrar elementos que configuran ese silencio construido por
Lorenzo a partir de situaciones en las que él, rara vez, podía expresarse en
voz alta en su hogar, únicamente lo hacía cuando hablaba con su madre, Elena;
asimismo, en ciertos momentos en la oscuridad de la noche debía esperar a que
su padre, Ricardo, un personaje perseguido por su forma de pensar, se
escondiera detrás de su armario para poder encender la luz de su casa sin temor
a despertar ninguna sospecha de que allí junto con su madre y él, estaba su
padre. Fue tanto el acecho al que estaban sometidos que en esa construcción de
silencio en su hogar el ruido generado por el ascensor era como una especie de
aviso que le decía que la seguridad de su hogar estaba amenazada. Hecho que parece
moldear una connotación de aquel silencio, un tanto distinto, pero que no pierde
su color de dictadura, y es un silencio plasmado desde la figura del encierro.
Un aislamiento vivido por aquel niño que termina también empujado por la férrea
persecución sufrida por su padre que los obliga a mantenerse totalmente
aislados y herméticamente inexpresivos frente al entorno social al estaban
sujetos por las constantes incursiones a las casas de los que se pueden llamar
perseguidos. Al respecto de esta situación es el mismo escritor francés quien
plantea:
Si la modernidad maltrata
el silencio, no debemos olvidar que cualquier empeño dictatorial empieza
matando la palabra […] Si el silencio ayuda a comprender cuando alimenta una
reflexión personal que acaba revirtiendo en el discurrir de la conversación, el
silencio impuesto por la violencia suspende los significados, rompe el vínculo
social. (Le Breton, 2009, p.6)
Dicho lo anterior,
Lorenzo también estaba sometido a esa vida de encierro y de acecho, con lo cual
se perturbaba su vida social y familiar, en este último caso, ese silencio que
impone la dictadura, que no le permite al niño tener una conversación o un
momento para compartir con sus padres, como lo hacían los otros niños de su
edad, con los que compartía diariamente. De esta manera lo expresa Lorenzo en
la siguiente parte del cuento:
En
casa vivíamos una complicidad parlanchina, en la calle vivíamos un bullicio silencioso.
Yo tenía que disimular lo que mi padre me enseñaba en casa cuando estaba fuera
y remozar lo que ocurría en el exterior cuando estaba en casa. La relación con
otros niños del barrio, por ejemplo, era un ejercicio de equilibrios bien
guardados. (Méndez, 2004, p.75)
En consecuencia, Lorenzo
no solo tiene que desenvolverse en el claustro de su hogar, sino también en
otro espacio importante que se encuentra en este magistral cuento: la escuela. Allí,
el niño es llevado por su madre para ser educado por el hermano Salvador, quien
de una u otra forma representa la figura de poder al que en la escuela aquel
niño se debe someter, y en especial él, por ser un alumno brillante, adelantado
a los demás y sobre todo por la influencia que sus padres tenían sobre él a
partir de esa forma distinta de pensamiento. Debido a estas características del
niño, su maestro empieza a tener un interés especial en él, que lo lleva a
hurgar más a profundidad sobre las actitudes de aquel párvulo y su entorno
familiar y, especialmente, por la existencia de su padre. Así se presenta en la
siguiente parte del cuarto cuento: “─ ¿Y tu papá no os
escribe? Lorenzo negó con la cabeza. […] ─ ¿Por qué? ─ Porque está muerto” (p.84).
Aquí
se evidencia claramente una connotación de silencio en la medida en que Lorenzo
percibe un particular interés del cura Salvador por saber qué ha sido de su
padre, lo que despierta en el niño un instintivo silencio protector, tal vez,
por la situación de perseguido de su padre y esto lo lleva a mentirle al cura
cuando dice que su padre está muerto lo que demuestra un ‘pacto’ silencioso
entre padre e hijo, todo para preservar la vida del fugitivo. Este hecho se
puede reafirmar con la mención que nuevamente hace la escritora argentina en su
documento:
La
palabra, entonces, aunque puede significar la muerte, también es vida y refugio
de la vida si se asocia a la mentira o al silencio de la verdad. Sólo cuando se
supere el miedo inefable, irracional, será posible dotar de voz a la memoria y
a lo verdadero. (Serber, 2011, p.4)
Con
esta mención, se aproxima la parte final de esta historia, se vislumbra ya de
esta forma un posible final fatídico para la familia de Lorenzo, en particular
se avecina el inminente final para su padre, de nuevo el silencio hace parte de
estos acontecimientos, ese silencio construido a partir de la figura el padre
Salvador que tras una serie de sucesos persigue al niño y acecha a su madre. De esta
forma, nuevamente Lorenzo a sabiendas de las persecuciones del cura, no da
cuenta a sus padres de esta situación y además la repentina ausencia del niño
al colegio. El cura Salvador tiene excusa de aparecerse en la casa de Lorenzo
invadido por una especie de locura provocada por las mentiras del niño y la
debilidad que le causaba su madre; este hecho se puede ver hacia la parte final
del cuento:
El niño, que ya no iba al
colegio, se pasaba las horas junto a su padre leyéndole pasajes de Lewis
Carroll para arrancarle una sonrisa y guardando silencio cada vez que el ascensor
se paraba en el tercero. Y llegó un día de silencios y vacíos en que alguien
llamó al timbre, aguardó la respuesta que no llegó e insistió con timbrazos
prolongados que suspendieron todos los latidos. (Méndez, 2004, p.94)
Así, las cosas, ha llegado el momento en
el que culmina este espléndido cuento de Méndez con la Cuarta derrota:1942 en la que Lorenzo le dará voz a ese silencio a
partir que lo ha vivido en su niñez, en su casa guardando silencio para no
delatar la presencia de su padre y en la escuela en la que la figura del
hermano Salvador será esa imposición del
poder al cual debe someterse para no revelar la existencia de su padre. Así,
pues, tras la llegada del cura Salvador a su casa y al ver cómo este acechaba a
su madre de una manera incontrolable, esto lleva a su padre a salir de su
escondite para proteger a su esposa del agresor. En ese momento Lorenzo le da
voz al silencio que todo el tiempo fue parte de él, en el momento en que el
cura le pregunta al niño por este hombre que ha salido del armario. Esto lo
vemos en el siguiente fragmento: “¿Quién es ese hombre? -Es mi padre, hijo de
puta -contestó el niño, y corrió junto a Elena, que acababa de romper en un
llanto agónico y caminaba a gatas para socorrer a su marido” (Méndez, 2004,
p.95). Con el descubrimiento del
fugitivo por parte del cura y el posterior suicidio del padre de Lorenzo, el
juego de silencios ha llegado a su fin y Lorenzo con su narración escapa de esa
imposición tuvo que vivir cuando era un niño.
Finalmente, se puede decir que la última historia
del libro se mueve al ritmo de contraposiciones, contrastes y paradojas, y los
personajes como el infante Lorenzo o como su padre se revelan, en muchas
ocasiones, como seres contradictorios y perturbados, en los cuales ven personajes
humanos, con sus luces y sombras; la guerra y sus consecuencias dictatoriales
hacen aflorar esa perturbación. De este modo, en el cuento se crea un imaginario
que construye significado y espacios, que sugieren un más allá de la evidencia,
que hablan, precisamente, de la intimidad, la interioridad, la subjetividad y
la emotividad tan contradictorias, por momentos, de estos personajes. Dichas
pasiones que viven los personajes de esta historia se mueven al ritmo de las
principales dicotomías que se propusieron al comienzo y se evidenciaron en el
transcurso del texto, algunas de manera explícita y otras de forma implícita:
dentro y fuera, voz-palabra y silencio, luz y oscuridad, estas manifestaciones
discurren en permanente tensión hasta el final, cuando el secreto se devela,
cuando se rompe el silencio, cuando se acaba el misterio, cuando ya no hay otro
mundo del otro lado de ese silencio construido a partir de la dictadura
franquista y en donde puertas, ventanas, armarios y espejos vuelven a tener una
sola dimensión.
REFERENCIAS
Le Breton, D. (2009). El silencio, aproximaciones. Madrid.
Ediciones sequitur.
Méndez, A. (2004). Los girasoles ciegos. Barcelona. Editorial Anagrama, S. A.
Serber, D. C. (2013). Al otro lado del espejo y
lo que Lorenzo encontró allí: sobre la palabra y el silencio en Los girasoles
ciegos, de Alberto Méndez y de Cuerda-Azcona. En II Congreso Internacional de
Literatura y Cultura Españolas Contemporáneas. Diálogos transatlánticos.
Recuperado de: http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/31812/Documento_completo.pdf?sequence=1
